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Añoro

Escrito por el 05/03/2020

Añoro

Iba montado en la gran máquina de diez ruedas, esa inestable variante de lo que podría ser un plácido viaje. Con la cabeza llena de mierda, y con los zapatos apretándole los pies hinchados. Sentía que si había un modo de ser más miserable, él estaba cerca de conocerlo. Esposa convirtiéndose en ex-esposa, hijos amantes del color verde de los billetes, amigos que solo reclamaban su lugar cuando les convenía, y para colmo, el perro enfermo.

Hacía años ya que se cuestionaba si algo de todo su podrido entorno mejoraría, y la respuesta que rebotaba en su cráneo no era para nada auspiciosa, “no, nunca será mejor, al contrario, todo se pudrirá más”. Aun así, de algún modo, de alguna manera extraña, seguía concentrándose en hacer algo, lo que fuera, solo hacer algo. Tal vez para no volverse loco, o quizá solo para mitigar la demencia ya existente. Los días son más cortos si haces siempre lo mismo, todos lo saben.

Al mirar por la ventana, sonreía, pero de forma irónica, sarcástica, casi esbozando en los labios la estrepitosa mueca de un desgraciado pronto al patíbulo. Era de noche, muy entrada la noche ya, y lo que veía era solo negrura y una que otra ocasional luz de la carretera. Por eso sonreía, pues pensaba, “Metáforas de la vida en un viaje de bus; todo oscuridad, y uno que otro chispazo brillante que se pierde rápidamente. Hermoso, ¿no?”

Quizá este insomnio incólume e irrevocable era lo que lo hacía divagar. Era lo más probable. Lo más posible. Lo más.

¿Lo más? ¿Lomás? ¿Lomas?

Ahí quería estar, echado en una loma verde, de cara al sol tibio del otoño, botando el humo por la nariz, imaginándose su vida entera de otra forma, todo diferente. Pero estaba oscuro, y ni la loma ni el humo era real, solo la noche y el mal controlado aire acondicionado del bus.

Que su esposa, bueno, pronto ex-esposa, (ya que este viaje era para firmar los papeles del divorcio) lo engañara, no le sorprendió en absoluto. Ni siquiera encontrarla a cuatro patas gimiendo como nunca gimió con él en veintitrés años de casados, mientras “Carlitos” la penetraba como un gladiador en su largamente compartida cama matrimonial, lo hizo. Siempre supo que ella no sentía el más mínimo cariño por él, o que si lo hubo, no duró. Y para qué hablar de amor. Era miserable, no idiota.

Aceptó casarse con ella porque supuso que era lo correcto. Una muchacha joven, bella, con un delicado talento para hablar, y con todos los dotes de una dueña de casa de primer nivel, parecía un buen partido, “el amor vendrá luego” se dijo en su momento.

Pues el amor nunca llegó, aunque si los hijos. ¿Por qué? Pues, parecía lo correcto. Todo el mundo se casa y tiene hijos ¿no? Cuando supo del primer embarazo de su nunca bien amada pensó nuevamente, “ahora si llegará el amor, gracias a nuestro hijo”.

Pero ya sabemos cómo es la realidad. Y la realidad era que esta ya no tan joven muchacha con delicado talento para hablar, tenía también el talento de jadear como actriz porno experimentada. Más solo con “Carlitos”, nunca con él.

“Una luz en la carretera que se fue” se dijo mientras miraba por la ventana húmeda.

¿Los hijos? Todo un mantra de culpabilidad. Eran pequeños hombrecitos codiciosos, y le dolía pensar que fue él quien sembró esa codicia en ellos. No directamente, pero aun así. Siempre preocupado del dinero, siempre preocupado de las cosas, siempre sin tiempo para la “familia”. Más para ser honestos, no fue solo él. Ella, Loreto, colaboró bastante. Lo recordaba bien, el día en que se sintió horrorizada porque para su quinceavo aniversario de matrimonio el collar que le regaló podría haber sido un poco más “fino”. “No usaría ni en mil años esta chulería”, recordó que dijo. Sonrió para sí mismo al recordarlo. Ahora solo era una anécdota tragicómica, pero en aquel momento, un alambre de púas por los dientes.

Aun así, sabiendo todo eso de ella, y todo eso de sus hijos, prefería estar con ellos, vivir engañado incluso, olvidando a “Carlitos” y haciendo la vista gorda a la ambición insana de sus retoños. ¿Mejor mal acompañado que solo, no?

Trató de dormir, pero ni cerca de lograrlo. Seguía mirando por la ventana, le gustaba el frío que la traspasaba y acercaba la mejilla a ella. Quería golpear al auxiliar de viaje. ¿Cómo era posible que no pudiera bajarle al aire acondicionado después de sus tres reclamos?

“¿Cómo estará Julito?”. Pensaba en él con real preocupación, Julito había sido en verdad un amigo fiel, su único amigo real. Pensaba que si no podía ver a sus hijos muy seguido tras el divorcio, Julito bastaba de sobra. Era un perro espectacular, pero sufría de ceguera parcial en un ojo, y ahora lo afligía una extraña tos perruna que sonaba terrible.

Las cuatro de la mañana, y aun no conseguía pegar ni un ojo. Pensaba si debía demandar a “Carlitos” por haberle quitado la empresa que fundó y por dejarlo en la banca rota. Pensaba si debía partirle la cara por tirarse a su esposa. Pensaba si debía renunciar a todo e irse a la mierda. Pero no solo, con Julito al menos. Pensaba si debía hacer un esfuerzo honesto y sincero por enmendar el camino de sus malcriados cachorros. “¿Qué diría mi abuelo si me viera así?”, se preguntaba. Pensaba si debía mandar a la cresta a todos sus supuestos amigos.

¿Sería prudente quemarle el auto a cada uno?

Pero se dio cuenta, una vez más, que no es ira lo que ha sentido toda su vida, solo decepción. Que acompañado de una hiper-desarrollada capacidad para tolerar bajezas, repudios, y odios crudos y recocidos, hacían de él un ente casi diseñado para la desdicha eterna, inconmensurable y perenne. Solo decepción. Nada más, nada menos.

A nadie más aparte de él parecía molestarle el calor recalcitrante del aire acondicionado.

Seis de la mañana. Vio una ciudad a lo lejos, a través de la ventana. Muchísimas luces conglomeradas en medio de la oscuridad de la noche. Cristalizadas, sólidas, conectadas. Estáticas. No como las otras luces del camino, desperdigadas, una tras otra hundiéndose en la penumbra. Estas luces nuevas eran diferentes. “Nueva metáfora, tal vez…”, pensó. “Yo quiero mis luces tomadas de la mano también”.

Y con este último pensamiento, casi, solo casi esperanzador, durmió.

Ocho treinta de la mañana, estación terminal. Al bajar del transporte, tomar su maleta y salir a la calle, extrañó el calor del bus. “Ja”. Sonrió.

Ya montado en el tren subterráneo, comenzó a sentirse un poco nervioso. No por la cantidad de gente en él, sino porque realmente iba a divorciarse. Firmaría el papel, y sería soltero nuevamente. “Soltero a mi edad, y sin dinero… una excelente opción, chicas.”

Los exquisitos aromas humanos del transporte público le exaltaban los sentidos. Axilas sospechosas de nunca haber tenido contacto con el jabón, manos sudorosas en todas partes, mezclado con todos los perfumes diferentes de cada uno de los usuarios presentes, más el solo hedor que crea el encierro, resultaban en un buqué digno de comercial de televisión sin sentido. Más no se sentía asqueado, sabía que él era parte también de toda esa amalgama humana semi-uniforme.

Agradeció salir del tren subterráneo y respirar aire fresco, si es que se le puede llamar así. Aire, al menos. Se encaminó al edificio dónde atendía el abogado de Loreto. La reunión era a las nueve treinta, y eran las nueve. “Podría fumar”, pensó. Cuando cayó en la cuenta de que los nervios que sentía eran porque la vería a ella, se sintió casi iluso, casi ingenuo, casi imbécil. “Y yo creí que era un poco más inteligente”, se dijo. Fumó rápido, como queriendo comerse los sentimientos.

Botó la colilla, y subió hasta el piso seis. Ya llegando a la oficina notó como casi temblaba de nervios. “Contrólate”. La secretaria del prestigioso abogado lo recibió, “Lo esperan dentro señor”. Tomó una bocanada grande de aire, y se preparó para el cara a cara con Loreto. Abrió la puerta. Vio a dos hombres vestidos de traje. Uno, el abogado, el otro, una cara familiar, Carlos Zanetti (si, “Carlitos”).

Quedó descolocado, era todo lo que no esperaba ver. Aun así, pasmado y todo, se tragó la bronca del momento, y se sentó como todo un adulto razonable. La ira le carcomía las tripas.

Loreto ya había firmado dos días antes. El abogado le presentó los papeles, y “Carlitos” solo dijo que ella tuvo que atender una emergencia y que por eso no pudo presentarse, que lamentaba no estar ahí, y que lo enviaba a él como representante.

Tomó el lápiz. Pausa. Firmó. “Veintitrés años. Veintitrés años que cierran con mi firma y el hueón que se tira a mi mujer, que ni siquiera vino”. Se dijo.

Al salir de la oficina sintió una mezcla extraña de emociones, alivio, tensión, rabia, relajo, y algo muy parecido a la esperanza. Toda esta vorágine emotiva fue cortada en seco cuando “Carlitos” le habló, “Yo voy al gimnasio ahora, pero la Lore dijo que te espera en la casa, para que te vayas a despedir, saludar a los niños, o qué se yo.”

“Mi casa hueón”, pensó, mientras sentía como la rabia le desgarraba las entrañas. “Bueno, ya no más mi casa”. Reculó. Y apenas pensada la frase el enojo se disipó. Ni siquiera se despidió del gladiador del amor y el sexo, se dio media vuelta y se fue. Quería invitar a Loreto y los niños a comer, daba igual ya el divorcio, hasta quizá era lo mejor, pensaba. Quería cerrar el ciclo, quería hacerlo bien, esforzarse por una relación sana, o lo más cercano a ello por el bien de los pendejos malcriados. Tratar, tratar de verdad.

Con esta renacida disposición se dirigió a su antiguo hogar (por supuesto, se iría de ahí y le dejaría la casa a ella y los niños), casi feliz, casi contento, casi imbécil. “Quizá si podría cambiar para mejor, quizá… ¿Por qué no?” Pensó.

Al llegar golpeó la puerta, y uno de los pequeños hombrecitos codiciosos fue a abrir.

Incluso estaba preparado para sus caritas amargadas, incluso dispuesto a tolerarlas, incluso dispuesto a disfrutarlas, pero lo que vio fue, nuevamente, todo para lo que no estaba preparado. El muchachito tenía los ojos llorosos, y los otros dos hermanos estaban sentados en un sofá, con el mismo semblante.

“¿Qué pasó?”, les preguntó a la vez que pensaba “¿Estarán así por el divorcio?”. No hubo respuesta. En eso aparece Loreto, al verla, nervioso y descolocado hace un gesto de “¿Qué está pasando aquí?” con las manos.

Ella contestó: “Murió Julito, por eso no pude ir”. 


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