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La Manta del Diablo (I)

Escrito por el 20/03/2020

Infeliz aquel a quien sus recuerdos infantiles sólo traen miedo y tristeza. Desgraciado aquel que vuelve la mirada hacia horas solitarias en bastos y lúgubres recintos de cortinados marrones y alucinantes hileras de antiguos libros, o hacia pavorosas vigilias a la sombra de árboles descomunales y grotescos, cargados de enredaderas, que agitan silenciosamente en las alturas sus ramas retorcidas. Tal es lo que los dioses me destinaron… a mí, el aturdido, el frustrado, el estéril, el arruinado y sin embargo, me siento extrañamente satisfecho y me aferro con desesperación a esos recuerdos marchitos cada vez que mi mente amenaza con ir más allá, hacia el otro.

H. P Lovecraft.

Abrí los ojos por las gotas de agua que sentía escurrir por mi cara, era otoño, y aun había estaciones. Los colores del cielo me parecían surrealistas. Pinceladas azules con rojo, matices de verde y cristales amarillentos, todo junto como en una pintura realizada después de consumir ácido. No era estático, tenía movimiento y densidad casi palpable a la mano. Oía el rumor del río en mi costado derecho, su corriente pausada surcaba la sima del lecho barroso.

Sentí mi cuerpo paralizado, cada poro de mi piel cerrado por el miedo a eso que presentía pero no veía, algo se acercaba, pero no podía huir. Las gotas comenzaron a transformarse en goterones, y luego en flujo constante. No tenía claro si era el agua o el sudor húmedo y helado que manaba de mi interior.

Estado de alerta, temor a la muerte.

Pude con esfuerzo cansino levantar mi cabeza, solo para observar mi carne desnuda ser rodeada por unos tentáculos dentados, desde los pies hacia la cabeza. Como un poncho macabro, la masa aquella avanzaba sobre mí. Los gritos ahogados, los temblores de mis extremidades intentando zafarse de una fuerza implacable y aterradora. Un alarido a la distancia, un sonido gutural desde lejos. Esos ojos de caracol alienígena sobrecrecido casi sobre los míos, mirando directo al horror más profundo que mora en el pozo del alma. El grito ajeno está casi llegando. Lo siento muy cerca. Despierto.

        Despierto agitado, más que agitado, con los ojos empapados, igual que en mi pesadilla. Siempre he tenido esa duda, no es primera vez que Morfeo me entrega a estas calamidades. Son las 4:31 de la madrugada y lo único que quiero es poder recuperar el sueño, esta sensación es una mierda completa.

Es verano de 1982, y pronto volveré a Kurileufu, luego de casi tres años viviendo en el norte. Espero que mi abuelo siga vivo, y que estén todos bien. Quiero hablar con él, hace años que no tomamos mate al lado de la estufa, con aguardiente, para qué no vamos a hacer los huevones.

Mientras avanzamos envasados en el bus, se me ocurre que quizás no es mala idea presentar un ensayo para el trabajo de filosofía. Mal que mal algo tengo que presentar. Las leyendas siempre son buena fuente de relatos, y dado que el tema me visitó ayer a la madrugada, ¿por qué no? De seguro mi abuelo sabe algo. Y si no sabe inventará, es un viejo chucha. Además, alguna huevá tengo que presentar, no puedo ser tan penca.

Paramos en Valdivia y aproveché de comprarme una libretita y unos lápices, si me las voy a dar de investigador, al menos intentar hacerlo bien, o aparentarlo, en el peor de los casos. Comenzó a soplar viento frío y el Calle-Calle estaba oscuro. Ver el agua removió algo dentro de mí, algo que me sacudió de un escalofrío y me causó náuseas. Me ajusté la chaqueta y me subí a mi lata transportadora. No me di cuenta, pero ya habíamos pasado Río Bueno y yo seguía intranquilo. Tomé el lápiz y en la última hoja del cuadernillo comencé a dibujar. Traté de plasmar a la criatura de mi pesadilla. Mis habilidades artísticas son escazas, así que intento ser exacto y veraz, fisionómicamente hablando.

El resultado es espantoso, no tanto por el insulto al buen dibujo, sino por lo intimidante y horrendo que se ve ese monstruo ahí en la hoja. Con sus tentáculos y sus ojos asquerosos. Náuseas de nuevo.

Intento tranquilizarme, respirar profundo y convencerme de que solo fue un muy mal sueño, repetitivo, desde mi niñez, pero solo un sueño.

Ya veo el cerro con su cruz blanca, arriba en la distancia. Kurileufu está igual. Los viejitos borrachines están en los mismos lugares solo que más canosos y más hediondos. Los saludo, me conocen desde que tenía tres años. Voy de camino a mi casa. A la que fue mi casa. Las calles grises con una lluvia sureña tan característica del verano por estos lares. Estoy mojado, pero no me molesta, me gusta la lluvia. Al menos un tipo de agua que no me causa temor. Prendo un cigarro y me acomodo la chaqueta. Me había olvidado de este frío, mi cuerpo había olvidado. ¿Sigue siendo este, mi pueblo y mi casa?

Atravesé el pueblo como antaño. Ya estoy llegando al campo, veo la casa desde lejos, la reconozco inmediatamente. El cañón igual de negro que siempre y con el mismo humo espeso saliendo de él. Apago la colilla y me respiro caliente en las manos, estoy en el umbral. No alcanzo a golpear y ya la puerta se está abriendo.

– ¡Qué lo trae por estas tierras mijo! – Me dice mi abuelo con una sonrisa.

– ¡Memito! – Le respondo. Nos abrazamos apretado, con fuerza.

Estará viejo el Memo, pero abuelo y todo, sigue con sus brazos fuertes, a punta de picar leña toda la vida y armarle casas a los futres, como dice él.

Ni bien me quito la chaqueta, ya está empezando a cebar el mate y con el tizón acomodando el fuego de la estufa.

– Siéntate poh hueón, o ¿necesitái invitación especial? – Me sonrío y lo miro. Viejo pillo. – ¿Y? Qué cuenta tu peladero.

– Nah poh Memo, harto solo he estado por allá. Ya echaba de menos la compañía. A mis primos casi ni los veo.

Mi abuelo me queda mirando, como pensando en qué decir. Pero me habla con el cuerpo, acercándome el mate y vertiendo el agua de la tetera en él, no hirviendo, porque si no se quema la yerba, dice.

– Esa idea hueona de irse a estudiar tan a la cresta mijo por Dios. Como si no hubieran lugares más cercanos. – Sentencia mi Abuelo.

– Quería conocer poh Memito, usted sabe cómo soy.

– Ya, ya. Anda a la pieza de tu tío Óscar a buscar el aguardiente mejor.

– ¿Tan tempranito? – Le cuestiono riéndome.

– Venís con las manos azules hueón, si no, no vay a entrar en calor.

Me levanto contento, al ser consciente de que recuerdo exactamente donde fondea el licor mi tío. Abro el cajoncito; eureka. Así mismo, intruseando en este mismo mueble fue que me mandé mis primeras curaderas. Gran valor mi tío Óscar, nunca me delató con mis viejos. Qué me iba a delatar, si me curaba con él.

Al regresar, comenzamos con el ritual de la conversación. Ponerse al día; que la familia, que la vida, que las penas, que las mujeres. Que mi mamá se había devuelto para Kahuil con mi papá. Que mucho frío, y que había que aprovechar al Carlitos que se devolvía pronto para Antofagasta y que ya no lo iban a ver hasta quizás cuándo. Cuando ya no nos queda mucha información nueva para revelar le cuento al Memo que tengo que hacer un trabajo para la universidad, y que quiero que me ayude.

– Oiga Memo, ¿se acuerda de qué los viejos hablaban antes acá del Trülke Wekufe?

– ¿La manta del diablo dices tú? ¿El Cuero?

– ¡Ese mismito! – Le digo con entusiasmo exacerbado, esperando contagiarle un poco de mi avidez. Me mira de manera extraña. Silencio. Me acerca el mate y le deja caer tremendo chorro de aguardiente.

– ¿Y qué querí saber? – Me dice con mirada juzgadora.

– Lo que sepa poh, si usted demás que conoces alguna historia.

– Más de las que me gustaría. – Silencio. Se saca los lentes, se acomoda la boina y con un pañuelo apolillado empieza a limpiar sus anteojos. – ¿Y de dónde ese interés tan repentino mijito? – Me interpela.

– La verdad, tengo que hacer ese ensayo que le digo poh, y no se me ocurre de qué, lo tengo que tener pal comienzo de marzo, para mi clase de filosofía, y quiero aprovechar su sabiduría pues Memito. – Trato de adularlo para soltarle la lengua, pero el viejo es zorro. Me sopesa con sus ojos cubiertos de un velo por las cataratas. Sostiene su mirada en mí. Finalmente habla.

– Contaban los viejos antes poh mijo, pero es eso no más. Cuentos. – Hace una pausa, exhala y continúa – Decían que cuando la gente tiraba cueros de animal al agua agarraban vida, pero era puro chamullo, pah que los cabros jóvenes no se fueran al río a pololear. Tanto atado que se hacen, si total que hicieran sus cochinaítas es de lo más natural. – Se ríe. Le devuelvo una sonrisa.

– Pero si yo no creo que sea real poh Memo. No más que quiero recolectar relatos, historias y cosas así.

– Si es por eso, vaya donde la Nora pues mijito. ¿Se acuerda de la comadre de su abuela, que en paz descanse? – Le asiento con mi cabeza. – Ahí tení entonces, yo no estoy pah andar de cuentista a mi edad. Ah, y cuando volvái me ayudái a hacer astillas, que casi no me quedan.

Nos terminamos un litro y medio de agua mateando. Aunque con lo fantástico que siempre ha sido mi abuelo, me parece extraño que evite la oportunidad de contarme sus historias, que son precisamente una de las cosas que más recuerdo de él. Hablamos de puras tonteras al final, o al menos tonteras que no me eran útiles en mi intento de detective privado. Antes de salir donde la señora Nora me tomo el último cortito de aguardiente para capear el frío. Me escuece la garganta.

        La casa estaba más cerca de lo que recordaba. La puerta de la leñera entreabierta y adentro la Norita, como le decía mi Nana, ovillando lana. Le toco la puerta aunque estaba abierta igual, para no asustarla. Se gira, me ve y su cara se le ilumina. ¿Vendrá su familia a verla, o sus nietos hicieron lo mismo que yo? Vaya a saber uno.

– ¡Mijito! ¡Tantos años sin verlo!

– Señora Nora, ¿cómo está?

– Aquí pues cholito, sobreviviendo aún. – Me lo dice como una broma supongo, porque veo que intenta una sonrisa. Pero su rostro refleja tristeza. Siento lástima. – Oiga, que alegría verlo, tanto tiempo que anduvo afuera. Bueno, qué le voy a decir yo, me alegro de que ande por acá. Don Guillermo lo extraña tantazo oiga. Viera usted, si cada vez que habla de su nietecito, llora.

¿Llora? Jamás vi a mi abuelo llorar, ni cuando sus hermanos murieron. Ni cuando mi abuela murió. Lo astuto no le quita lo bruto a un humano. Me quedo pensativo al escuchar las palabras salir de la boca de la Norita. Creo que demasiado tiempo, porque me mira fijo, como preguntándose qué me pasa.

– Oiga doña Nora – Resuelvo finalmente – Sabe que tengo que hacer una cosa para mis estudios, y quería saber si me puede ayudar. Si no fuera mucha molestia.

– ¿Qué necesita mijito? – Repone.

– Anécdotas, cuentos, leyendas. El cuero. ¿Conoce ese mito?

– Si… – Titubea – Claro pues, quién que haya nacido por estos lados no conoce esa fábula. – Finaliza, con una mueca forzada. Parecida a una sonrisa. No es una fábula, pienso, las fábulas tienen moraleja, pero qué le voy a decir a una anciana de ochenta y tantos.

– ¡Excelente entonces Doña Nora! Le agradezco un montón su ayuda.

– Oiga mijito… – Inhala. Hace una pausa. Mira hacia el techo y aprieta su ovillo – ¿Y no prefiere preguntarle a su tata mejor?

– Le pregunté – Respondo – Pero parece que se levantó con la pata zurda el Memito hoy.

– Ay mijito – Suspira – ¿Sueña con eso usted aun, cierto?

Frío. Siento una gota de sudor frío bajando por mi espinazo. ¿De qué está hablando? ¿Cómo podría saber? ¿Qué mierda pasa? Trago saliva sonoramente.

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