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La Manta del Diablo (II)

Escrito por el 22/03/2020

– ¿Soñar con qué Doña Nora? – Trato de sacarle algo sin revelar nada. Intentando disimular de la mejor manera.

– Hable con Don Guillermo mijito, si usted ya es grande y tiene que saber.

– ¿Saber qué? – Quiero saber de qué habla. Pero no quiero saber de qué habla.

– Pregúntele por qué su familia se vino de Kahuil. Pero que le diga la verdad. No el cuento ese de los terrenos.

– Si usted sabe algo, ¿por qué no me lo dice? – La increpo.

– No puedo, promesas son promesas.

La miro fijo, queriendo descifrar ese recuerdo que no quiere compartirme. La Norita se levanta, deja el ovillo en la silla y se va a buscar su té.

– Yo más no le puedo contar mijito. No creo que le sea útil para su cuestión de la universidad. ¿Quiere té?

– No, gracias – Me controlo para no ser irrespetuoso – Yo ya voy de salida señora Nora. Le agradezco su tiempo de todas maneras.

Hasta donde yo sé, mi familia se vino de Kahuil, un pueblito cerca de Pichilemu, porque a mi abuela le habían heredado unas tierras acá en el sur, y como la familia crecía y el espacio en Kahuil no alcanzaba, decidieron cambiarse con todo y petacas. Construyeron casa y criaron animales. Mi abuelo y mi Nana agarraron buenos patrones y listo. O al menos eso fue siempre lo que me contaron a mí.

La Nora es vieja. Puede que esté media senil. Quizás qué películas se arma sola ahí en su casa. Tiempo tiene. Aun así, la inquietud ya fue sembrada.

Voy caminando de vuelta. No saludo a nadie, tampoco es que el camino esté rebosante de gente, pero los que me cruzo, me parecen desconocidos. Voy pensando en el Memo. Tengo que lograr que me diga lo que quiero saber. Estoy llegando, escucho el sonido del hacha incrustándose en la madera muerta.

– ¡Oiga Memito! – Lo saludo – Pocaza ayuda me dio la Norita poh.

– Qué más se le puede pedir a la comadre poh mijito – Me dice mientras apoya el hacha en el tocón – Si está toda cagá esa vieja.

– No seái así Memo – Le replico riéndome – ¿Sabe qué? Me dijo, que usted si sabía una historia buena del Cuero.

– Me sé las mismas que todos no más poh cholito. Hasta las mismas que tú seguramente.

– No, no. Si me dijo que usted conocía una buena, de cuando vivían por Kahuil.

Ni bien terminé de pronunciar la palabra Kahuil, el Memo se desfiguró. Soltó el hacha, que rebotó en el suelo. Se dio media vuelta y se metió puteando hacia el interior de la casa.

– ¡Quizás que mierda te contó esa vieja hueóna! – Rezonga enfadado – ¡No le creái ni una huevá!

– Tranquilo Memo, si no me dijo náh al final.

– ¡¿Pero es qué, qué chucha tiene que andarse metiendo en vida ajena esa vieja culiá?! – Grita mientras se acomoda la boina.

– ¿Por qué se vinieron de Kahuil tata? – Me arriesgo a preguntar, ¿qué puedo perder?

Los ojos de mi abuelo fulguran. Se inyectan en sangre y se pone rojo entero. Jamás lo había visto así. Estoy descolocado. Yo también estoy comenzando a agitarme. Quiero abrirle el cráneo y sacarle el secreto.

– Por los terrenos de tu abuela poh mijo, si usted sabe. No pregunte tonteras. – Me dice, con un tono más blando.

– Es que… – Dudo. A la mierda, tengo que seguir – La Norita me dijo que había otra historia de por qué se vinieron de allá. Dígame la verdad no más, si yo soy un hombre ya.

Veo como el Memito se gira despacio, con la cara agreste, con la boca retorcida de rabia. Con los ojos rajados de lágrimas. La rabia comienza a ceder, y se sobrepone a ella un semblante que busca perdón. Rogante, herido. Lacerado desde lo más profundo.

– No insista mijo, por favor. – Su voz suplicante me adormece. Me aturde.

– Voy a hacer las astillas. Hablamos luego, para la once. Vaya a descansar, no se agite tanto.

Lo veo desplazarse a su habitación, lo escucho derrumbarse en su cama. Me dio pena. No la situación, él. Algo no cuadra, eso está claro. Tengo que saber. No quiero matarlo de un infarto de todos modos, esperaré hasta mañana.

Durante la noche no pude dormir bien, quedé con la bala pasada, como quien dice. Pienso en el Memo, en su reacción. En lo mucho que me sorprendió verlo pasar por tantos estados emotivos en cuestión de segundos. Las mismas ideas e interrogantes me dieron vuelta toda la noche, solo tormento en realidad, porque no concluí nada.

Las bandurrias me avisan del alba, y ya veo la claridad colándose a través de las cortinas mugrientas, hace frío, y pienso en café.

Ya de pie y vestido al borde de la cama, pienso en ir a ofrecerle una agüita caliente a mi abuelo, para ponernos en la buena. Para que no ande enojado conmigo, y claro, me cuente la verdad. Le golpeo suave la puerta.

– Memo – Le digo con voz queda – ¿Querí un té? ¿Café o un matecito?

Silencio. Quizás no quiere hablar conmigo, o quizás aún sigue dormido. Prefiero no molestarlo y empezar a hacer fuego. Hace años que no hacía fuego en la estufa, pero hay algunas cosas que no se olvidan. Las astillitas dan gusto, ulmo sequito, prenden con mirarlas feo.

Pasan aproximadamente unos cuarenta y cinco minutos. El fuego destella y la tetera silva de agua hervida. Me preparo un café, el cual enfundo en mis manos para temperarme, y me dirijo a la habitación del Memo. Golpeo la puerta. Nada. Golpeo más fuerte. Nada.

Este viejo en su vida se ha levantado pasadas las ocho de la mañana, así que muy taimado tiene que estar, o la vejez ya le está pasando la cuenta. Abro la puerta no más, con fuerza. Tanta que rajé el pestillo de madera que tenía colocado por dentro.

Se me cae la taza de las manos. Estalla. Entre pedazos de cerámica y café caliente, avanzo. Ahí está el memo, colgado del techo, ahorcado. Con la lengua salida, los ojos a punto de reventar, hinchados de sangre y la cara morada. La boina en el suelo y el pañuelito de los lentes. Estoy pasmado, en shock. No me explico el por qué, no entiendo nada. Siento como las lágrimas caen desde mis ojos, pero no estoy llorando por voluntad, es como un reflejo instintivo. Miro la viga del techo. Está desquebrajada, el peso del cuerpo muerto debe estar por romperla. Bajo la vista, buscando lo que sea. Un papel. Hay un papel y un lápiz en el velador del Memo. Lo cojo, sin sacarle los ojos al cuerpo inerte de mi abuelo. Siento que me observa, con sus ojos llenos de raíces y rayos rojos. Un escalofrío me recorre la espalda, siento como si quisiera hablarme. Leo el papel, y solo tiene dos frases;

“Perdónanos por lo que te hicimos cholito. Perdóname por lo que te hice.”

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