Canción actual

Title

Artist


La Manta del Diablo (III)

Escrito por el 26/03/2020

¿¡Y qué mierda significaría esto!? No tengo cabeza para andar descifrando acertijos, así que llamo a los pacos, la ambulancia y finalmente a mi mamá.

– ¿¡Mi papá!? – Grita mi madre – ¿¡Que se colgó!?

– Irma – Le respondo – Si, se mató. No entiendo nada. Pero la hueá es que lo hizo. ¿Qué debería hacer?

– Hay que – Solloza, intenta contener el llanto –…– Pausa – Hay que traerlo de vuelta a Kahuil, y rápido. Déjame llamar a Óscar, y te aviso, arréglate tú allá con los trámites. Y vente con él – Su voz es otra, está en control.

Dicho esto cortó el teléfono, otra vez desconcertado. ¿Vente con él? ¿Arriba del cajón o acostado al lado? ¡Qué chucha pasa! Llegan los pacos y les cuento la verdad, que lo encontré así en la mañana. Bueno, casi toda la verdad, el papel me lo guardé y no tengo por qué dárselos. Es como un testamento, supongo, y mal que mal, era para mí.

Estoy sentado afuera, en el portón de la casa, fumando y tomando mate. La gente del hospital entra y saca al Memo en una bolsa negra. Los gloriosos policías por ahí, cagados de la risa, ni ahí con la hueá. Los escucho hablar, discuten sobre la edad del fiambre y que cómo el pendejo ese no se iba a dar cuenta, que quizás hasta lo ayudó.

Me entran ganas de tirarles el agua hirviendo del perol.

Me asomo a la puerta de entrada y les pido que se vayan si es que ya no tienen nada oficial que hacer. Me miran con desprecio, como a un leproso. Que pase a tal hora por la comisaría y que no sé qué. No estoy ni ahí. Pacos culiáos.

¿Por qué te tengo que perdonar Memo? ¿Qué mierda hiciste?

Estoy con la cabeza a reventar, repleta de dudas y pensamientos. Pareciera que se me escurrirán por las orejas y la nariz, como gusanos pútridos salidos de algún animal muerto. ¿¡Qué chucha hiciste viejo de mierda!?

La Terrano de Óscar. Mi tío. ¿Cuánto tiempo pasó? Por lo que conversamos ayer con el Memo, Óscar estaba trabajando en Puerto Montt, que queda como a hora y media de acá, más o menos. ¿Estuve todo este rato en la entrada pensando en nada? Me pongo de pie para cerrar algunas puertas. Algunas de las tantas que dejaron abiertas los del hospital y los otros giles.

– ¡No cerrí todavía! – Me grita Óscar, mientras se baja de su camioneta roja – Tenemos que irnos rápido cabro, pasar a la morgue por el cuerpo y llevárnoslo pah Kahuil.

– ¿Ah? – Contesto, a medida que se acerca percibo su hedor a alcohol rancio, de la noche pasada, seguro.

– ¡Que te subai a la camioneta mierda! – Me increpa con agresividad.

– ¡Hueón se murió el Memo! ¿¡Qué hueá te pasa!? – Le respondo violentamente – ¡Se mató hueón! ¡Se mató!

Lo veo avanzar hacia mí, le doy la espalda para ir a cerrar las puertas, el papel lo tengo en mi chaqueta. Es lo único que me importa ahora. Zumbido seco. Siento como un líquido caliente me baja por la nuca, y como mi visión se va a negro rápidamente. Caigo inconsciente, supongo.

Todo es oscuridad. Estoy suspendido en un lago negro, flotando en la superficie. Las montañas parecen terrones de azúcar rubia, y las estrellas se ven distantes y aparentemente a punto de explotar. Algo se agita debajo de mí. No me puedo mover. Mi cuerpo es una rama de luma vieja, tiesa. Mi corazón comienza a latir rápido, tengo miedo.

Algo rosa la piel de mi espalda, y con el solo roce siento como expone la carne y hueso de mi espina dorsal. Mis músculos se retuercen a medida que la criatura se abre paso a través de mi carne, quiero morir. Mis costillas estallan, una a una, quiero despertar, quiero morir.

Abro los ojos de golpe, con un grito ahogado en los labios. Lo primero que veo es la ventanilla trasera de la camioneta, estoy tendido a lo largo en el asiento de atrás. Reconozco a Óscar por la hediondez a trago. Está en el asiento del conductor, y tiene algo apoyado en el lugar del copiloto, no logro ver qué, pero hay algo. Intento levantarme despacio pero no puedo, estoy mareado. Me toco con la mano izquierda la nuca, se siente raro, algo así como un corte. Cuando bajo la mano para poder verla, constato la sangre. ¿Con qué me pegó este hueón? La pregunta dura poco sin resolverse, porque cuando Óscar estira su brazo para alcanzar la guantera y sacar un cigarro de una cajetilla roñosa, veo el revólver. La cacha tiene sangre, y también la mano de mi tío. Esto no está bien.

Hay un olor desagradable, además del alcohol que expele su cuerpo. Huele a muerto. Tomo mi tiempo para incorporarme debido al mareo, y cuando lo logro miro de reojo al pickup de la camioneta. Unos neumáticos, un par de tablas y la bolsa negra. El Memo, asumo. ¿Cómo puede oler tan mal en tan poco tiempo? Y eso que el vidrio nos separa, ni siquiera estamos compartiendo el espacio.

Apenas devuelvo mi vista al frente, veo el cañón del revólver apuntándome directo a la frente.

– ¿Despertó el bello durmiente? – Me dice Óscar, mientras me mira con una sonrisa depravada.

– ¿Dónde estamos hueón?

– Llegando a Kahuil, pero tranquilito, porque queda todavía. Hay que pasar a buscar a la Irma y a tu papá a Chacurra, pah que lleguemos antes de que anochezca a la Laguna El Perro.

– Óscar, hueón. Hay que ir a enterrar al Memo, hay que devolverse a Kurileufu, ¿por qué chucha lo traís ahí atrás?

– Como el señorito no quiso cooperar, tuve que sacarlo solo de la morgue. Que en paz descanse el chiquillo que estaba de guardia. Nómbrese a Dios, Señor.

¿Este hueón mató a alguien para sacar el cuerpo del Memo de la morgue? Tengo que tener cuidado. El tío simpaticón y borrachito que yo conocía no existe más. ¿Por qué estoy yo aquí? Óscar deja de apuntarme y se pone de fuerza entera a conducir, bastante rápido, la verdad. Tan rápido de hecho, que asusta.

– No intente nada mijito, que no me tiembla la mano pah meterle un balazo. ¿Tamos? – Sentencia mi tío, quien me mira a través del reflejo del retrovisor.

– Oye, ¿qué chucha pasa? – Pregunto con voz temblorosa – Óscar hueón, te estoy hablando.

– Pasa, como siempre, que los hijos tienen que pagar los pecados de los padres cholito. Nada más. Al que le toca, le toca. Es una lástima, pero así no más es la cosa. – Levanta los hombros, y bota su cigarrillo a medio fumar por la ventana.

Pasan unos 5 minutos, y reconozco las calles de Kahuil. Avanzamos muy rápido. ¿A cuánto venía manejando Óscar? ¿160, 170 kilómetros por hora?

– ¿Por qué la Irma no está acá en Kahuil? ¿Qué tenemos que ir a hacer a la Laguna? ¿Enterrar allá al Memo? – Mis palabras salen como ametralladora.

– Mijito, ¿usted sabe por qué la Laguna el Perro se llama así?

– No, no lo sé – Respondo.

– Contaban los antiguos años atrás, que una tarde un arriero bajaba del cerro con sus animales y su perro de pastoreo, directo a la Laguna, pah que tomaran agua y de ahí derecho a los corrales. Pero esa tarde pasó algo fuera de lo habitual. El hombre se cebaba un mate cerca de la orilla, cuando vio que algo estaba tirando una oveja hacia el interior de la Laguna. Urgido por el animal, se acercó al agua y ahí vio con incredulidad y temor al Trülke, al Cuero. Enrollado alrededor de la cabeza y cogote de la oveja. Cuentan los viejos que no lo podía creer, pero que aun así sacó su machete y le tiró unos cortes a lo que parecían unos tentáculos peludos y como con garras, o algo así – Óscar saca otro cigarro de la cajetilla, lo prende y acomoda la caja en el asiento del copiloto, sobre un libro de apariencia derruida, junto al revólver. Inhala la primera bocanada y continúa – La cosa es que, al pegar el machetazo el bicho soltó a la oveja, y se hundió en la Laguna. Al acercarse el arriero al animal, le vio la cara derretida, con la carne y hueso expuesto, y el cogote rasgado. Escuchó ladrar al quiltro, que se movía inquieto, pero no le prestó la suficiente atención. Al voltearse de nuevo para examinar a la oveja, quedó perplejo, porque el Trülke estaba salido del agua y listo para caerle encima. Dicen que le agarró una pierna, otros que le agarró un brazo, no se sabe. Pero la cuestión es que el hombre temiendo por su vida, gritó salvajemente, y en respuesta al alarido su perro corrió a morder al Trülke, con tanta fuerza en la mandíbula y en el apretón, que el Cuero soltó al arriero y se abalanzó sobre el perro, enrollándolo por completo en un dos por tres. Llevándolo al fondo de la Laguna, para matarlo, dicen. Por ese perro que salvó a ese hombre, esa Laguna se llama así; Laguna el Perro.

– Buena historia – Respondo – ¿Y del Trauko no tení? – Finalizo, con ironía en las palabras.

– Búrlese mijito, que ya tendrá tiempo pah llorar – Sentencia.

– Óscar, y… ¿qué fue del viejo ese? ¿hasta ahí llega el cuento? – Pregunto, con genuina curiosidad.

– Se ahorcó anoche. Pero el cuento sigue – Responde Óscar, con malicia en la voz.

Etiquetado como:

Opiniones

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.Los campos obligatorios están marcados con *



Continuar leyendo