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La Manta del Diablo (IV)

Escrito por el 29/03/2020

¿Ese viejo era el Memo? ¿Este hueón cree que soy tonto? Me quedo callado, ¡está cagado del mate! Lo mejor será hablar con la Irma y mi papá cuando lleguemos a Chacurra. ¿Cuánto faltará? ¿Dos minutos? Puedo aguantar.

Kahuil ya lo pasamos hace un rato, y el letrerito de Bienvenidos a Chacurra ya lo vi, pero Óscar no entró por el camino principal, y vamos por una lateral. Es un camino de tierra, en muy mal estado, poca lluvia, supongo. Se está empezando a poner helado, y eso que es verano. Deben ser como las siete y media de la tarde, no tengo cómo saber en realidad. Hace años que no me pongo reloj.

Los veo, ahí está la Irma y Rodolfo, mi padre. Afuera de una iglesia a boca de camino. Óscar acelera sólo para frenar bruscamente en la entrada de la iglesia.

– ¡Arriba, en la parte de atrás! – Vocifera mi desconocido tío.

Ambos suben, no me miran. Les golpeo el vidrio, buscando sus ojos, una expresión, algo. Nada, solo miran la bolsa negra y a mi padre le tiembla la mano derecha.

– ¡Irma! – Grito con fuerza – ¡Papá! ¡Ayúdenme!

Nada. Solo mi padre levanta la vista, con vergüenza, casi. Mi madre observa fijamente el envoltorio negro.

– Calladito se ve más lindo, cholito – Rezonga Óscar, mientras toma el revólver para apuntarme.

– Hijo de puta – Resuello – ¡Tú y el viejo de mierda ese!

– Guarde fuerza mijito, que ya no queda nada para llegar a la Laguna – Finaliza Óscar.

Y razón que tiene, ni bien terminó la frase y dobló hacia la izquierda, vi la Laguna. Bastante más grande de lo que imaginé. Y rodeada de cerros color caramelo. Avanzamos directo, hasta estacionar a unos 20 metros del agua. Óscar tomó sus cigarros, el libro y el cañón. Se bajó apuntándome y diciéndome que espere. Ayudó a bajar a mis padres, y caminó hasta la puerta trasera para abrirla y decirme, sin soltar el revólver o apuntarlo hacia otro lado;

– Bájate cabro, rápido.

Tenía una expresión sombría, apesadumbrada, igual que la de mi padre. Fue ahí que me percaté que no solo tenía sangre en la mano, sino también en la ropa, camisa, pantalón y zapatos. ¿Qué le hizo al tipo de la morgue? No quiero ni saber, la verdad. Ya bastante revuelto tengo el estómago. Y con todo este sin sentido, no sé si deba preocuparme de alguien más que de mí. Me giro hacia mis padres, los miro buscando alguna respuesta.

– El viejo del cuento era mi padre, hijo. Guillermo, tu abuelo – Exclama mi madre.

– ¿¡Qué!? ¿¡Estás hablando en serio!? – Cuestiono incrédulo – ¡Es imposible! – Intento poner a Óscar en evidencia – ¿Sabes lo que hizo tu hermanito para traer el cuerpo del Memo? ¡Mató a un hueón! ¡Así sin más, a sangre fría! ¿Para qué? ¡Para robarse un muerto de la morgue! ¿Qué tipo de broma de mierda es esta?

Estoy consternado. ¿Esto es real? ¿El Trülke Wekufe existe? ¿Y qué sigue? ¿La Pincoya y los brujos chilotes? ¿¡Qué rechuchas pasa!?

– Supongo que le hablaste a tu abuelo sobre tus sueños, ¿no hijo? ¿O acaso le preguntaste por qué nos fuimos de Kahuil, al sur? Habría sido todo mucho más fácil si te quedabas en el norte, allá lejos de todo. Pero no, tenías que venir, volver – Mi madre me recrimina. Cuestiona algo tan natural como la nostalgia por el terruño. No logro comprender.

– Le pregunté sobre el Cuero – Las palabras se me escapan de la boca – Tenía un trabajo para la universidad, pero nada más, no lo molesté después de la primera pregunta, porque se alteró más que la cresta – ¿Por qué le estoy contando todo? ¿Soy imbécil? ¿Quiero protegerme al desembuchar todo? – En realidad, al comienzo no me quiso contestar, y me mandó donde la comadre de la Nana; la Norita. Y al volver de hablar con ella quedó la cagá. Se enojó mucho el Memo, se encerró en su pieza y ahí se quedó, hasta la mañana siguiente que lo pillé muerto.

– ¿La vieja alcahueta esa? ¿Está viva? – Replica con asombro mi madre – ¿Qué te dijo? ¿Te contó algo?

– Nada, en realidad. Pero me dijo que no se fueron a Kurileufu por terrenos. Eso recuerdo claro al menos. Estoy mareado.

De a poco, siento que me desvanezco. Hasta encontrarme sentado en el suelo, he perdido sangre, puede ser eso. Está cayendo la negrura, y las estrellas lejanas titilan en el espacio. Veo hacia los costados, Irma se acerca hacia mí, mientras Óscar comienza a sacar unas cuerdas de su camioneta, y le lanza el libro a mi mamá. Busco con la mirada a mi padre. Está de espaldas a mí, con la mano en la boca aguantando el sollozo, con temblores en el cuerpo. Irma está frente a mí, acuclillada.

– En realidad lo que te haya dicho esa vieja de mierda no importa, su destino está tan sellado como el nuestro – Afirma mi madre, con total seguridad en la voz – De tu abuelo que te puedo decir, se volvió débil con el tiempo, como todo viejo. Tantos años con el pesar adentro. Supongo que la culpa le carcomió la cabeza. No es asunto mío. Pero su legado sí, y tuyo también.

La escucho, la veo, podría hasta tocarla, pero esa mujer no es mi madre, es otra persona. Sus palabras no son suyas, ni su seguridad al moverse. Nada me calza dentro de su ser actual al compararlo con el de mis memorias. Siempre fue tierna, abnegada, inocente incluso. ¿Qué cresta pasó? Estoy a punto de mearme de miedo. Me asusta mi madre. Me asusta mi familia, mi sangre.

– ¿Por qué se fueron de Kahuil? ¿Irma? – Pregunto por reflejo, ni siquiera sé si quiero saber la respuesta.

– Después de que tu abuelo se libró de morir en esta Laguna mijito, se convirtió en alguien paranoico, dejó de ser quien era – Es Óscar, me habla mientras enciende otro cigarro y se acerca a mí con las cuerdas en la mano. No consigo ponerme de pie, mi cuerpo no responde. ¿Será el golpe o la pérdida de sangre? Ni puta idea. ¿Importa? ¿Alguna vez importó? – Paranoico y esotérico. Mala combinación – Me dice mientras comienza a atarme los pies. Continúa – La gente del pueblo lo veía perderse muy seguido entre los cerros, pronto comenzó a perder su ganado, y nadie sabía cómo ni por qué. Hasta que tu mamá y yo lo seguimos una noche, no podíamos seguir pasando hambre. Lo seguimos desde que salió de la casa, hasta aquí. Sin demasiada demora, vimos como tu abuelo, nuestro padre, ofrendaba ovejas y corderos al Trülke. Las degollaba a la orilla del agua y dejaba caer la sangre directo a la Laguna.  

– Oraba mientras lo hacía – Prosigue mi madre, mientras mi padre se para y llora más allá – Oraba y cantaba al cielo, como en un trance, parecía un loco. Con tu tío quedamos de una pieza, no sabíamos que pensar, hasta que vimos a la bestia. Primero los tentáculos, que asomaban lentamente sobre el agua. Y después los ojos, como de una babosa gigante, pero con el hambre viva en la pupila. Cuando nosotros y él vimos los flagelos salir del agua, retrocedimos unos pasos, la diferencia es que mi padre estaba a solo unos metros de la orilla, y nosotros detrás de un árbol, agazapados. Entendimos en el acto por qué retrocedió, vimos saltar del agua al monstruo, con su pelaje oscuro, casi mugriento, como una alfombra con tentáculos y ojos saltones.

– Le tuve que tapar la boca a tu mamá, cholito – Retoma Óscar – Para que el viejo no escuchara el grito. Y vimos en su plenitud a la abominación, mientras se enrollaba violentamente sobre la oveja, ahí, justo en la orilla de la Laguna, a 3 metros de donde estás tú ahora. La imagen de esa boca circular por debajo, con dientes por donde se le mirara, desgarrando con alevosía la piel de la ofrenda. Los tentáculos aferrándose y lacerando las extremidades del pobre animal. Jamás olvidaré eso – Hace una pausa cuando termina de atarme las piernas y comienza con las manos – De alguna manera, tu abuelo creía firmemente que si no ofrecía sacrificio al Trülke, este vendría por él, porque ese día debió ser él quien moría y no su perro. O al menos eso decía.

– Pero la verdad es otra mijito – Es Irma, su voz se siente lejana, casi como un eco – Tu abuelo ofrendaba al Cuero porque logró comunicarse con él, no con palabras, supongo. Pero sabía que si no le daba al monstruo lo que quería, no dejaría tranquila a nuestra sangre nunca, porque ya conocía el sabor de nuestras venas, y sus males se extienden mucho más allá del agua. Por eso nos fuimos de Kahuil, cholito, tu abuelo trajo miseria a nuestra familia. Miseria y perdición. Aun con los sacrificios no lográbamos vender ni un solo cordero, ni hacer crecer nada en la tierra. Estábamos malditos. Aun lo estamos. Tenemos que devolverle al Trülke lo que es suyo – Irma toma aire, y se pone de pie – Rodolfo, baja a mi padre de la camioneta, es tiempo.

– ¿¡Y yo qué mierda tengo que ver!? – Grito desesperado.

Me ignoran por completo. Veo a mi padre bajar del vehículo el cuerpo de mi abuelo, abrir la bolsa, poner cara de asco y sacarlo de la misma. Las lágrimas le caen por el rostro. Su expresión es una mezcla de pena e ira, no logro descifrarlo.

– ¿¡Lo salvamos una vez para esto!? ¿¡Para entregárselo al demonio ese!? – Es la voz de mi padre, que no había oído en años – ¡Irma! ¡Esto está mal! ¡Somos mierda! ¡MIERDA!

– Hazlo ya, y deja de lloriquear – Contesta mi madre.

Estoy atado de pies y manos, a la orilla de una Laguna en la que aparentemente habita un ser monstruoso y voraz. Las estrellas se ven con claridad ahora, en medio de la negrura. Nuestra única luz son los faroles de la camioneta. Mi padre saca del envoltorio a mi abuelo muerto, y rompe en un llanto histérico, se lanza sobre mí en un abrazo desesperado, gritando e intentando desatarme. No sé qué pensar, esto es demasiado para procesar. Óscar se acerca a nosotros, con los ojos fulgurantes. Lo veo venir, mientras desenfunda el revólver. Al llegar a nuestro costado quita a mi padre de encima de mí con una patada certera en la cien. Cae aturdido.

– Lo siento cuñado – Es la frase que articula Óscar antes de jalar el gatillo y volarle los sesos a mi padre a menos de un metro de mí – No vamos a arriesgar el futuro de nuestra familia por un mojigato como tú.

Parte de la sangre me salpica en la cara. Está tibia, casi la siento palpitar sobre mi piel. Óscar nota mi desconcierto, se ríe. Toma el cuerpo de mi abuelo y con un cuchillo que saca de la guantera de la camioneta le abre el abdomen. Ahí, a un metro de la orilla. Mi madre abre el libro y comienza a cantar algo en lo que me parece chesungun, mientras su hermano destripa a mi abuelo y lanza las vísceras al agua. Esto tiene que ser una pesadilla, no hay otra explicación. ¿Pesadilla? ¿Qué ya me salvaron una vez? Mi sueño de niñez seguro no es un sueño, y mi padre ciertamente tiene que ser ese grito que escuché a lo lejos. Ya intentaron esto antes… Dios. Me muerdo los labios con tal fuerza que me rompo la boca por dentro. Lloro. Te quiero papá.

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